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Nuestra Señora de
la Paz
Virgen de Medjugorje
Revelación a VICKA IVANKOVIC,
MIRJANA DRAGICEVIC , IVAN DRAGICEVIC,
MARIJA PAVLOVIC, IVANKA IVANKOVIC
y JACOV COLO

Mensajes del
2008
Mensaje de 25 de
Enero
“¡Queridos hijos!
Poned la Sagrada Escritura en un lugar visible en vuestras familias y
leedla. Así conoceréis la oración con el corazón y vuestros pensamientos
estarán en Dios. No olvidéis que sois pasajeros como una flor de campo,
que se ve de lejos, pero desaparece en un instante. Hijos, dondequiera que
vayáis, dejad un signo de bondad y amor, y Dios os bendecirá con la
abundancia de su bendición. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!”
PONED LA SAGRADA ESCRITURA EN UN
LUGAR VISIBLE
La Virgen María nos ama y no
desiste en llamar a sus hijos a la vida con Dios. Eso lo hace también en
este mensaje suyo que comienza con las siguientes palabras: “Pongan la
Sagrada Escritura en un lugar visible en su familia y léanla.” Estos
llamados y palabras maternales nos son conocidos de sus mensajes
anteriores en los cuales nos ha llamado a la lectura de la Sagrada
Escritura. De esa misma forma, en enero del año pasado, María nos dice:
“Hijitos, no olviden leer la Sagrada Escritura. Pónganla en un lugar
visible y testimonien con su vida que creen y viven la Palabra de Dios.”
En el mensaje del 25 de junio de 1991, María nos dice: “Hijitos,
oren y lean la Sagrada Escritura, de tal manera que, por medio de mi
venida, descubran en la Sagrada Escritura el mensaje para ustedes.”
En el mensaje del 25 de agosto de 1993: “Queridos hijos, lean la
Sagrada Escritura, vívanla y oren para comprender las señales de este
tiempo.” En el mensaje del 25 agosto de 1996: “Hijitos, coloquen
la Sagrada Escritura en un lugar visible en sus familias, léanla y
vívanla.” En el mensaje del 25 de enero de 1999, nos dice:
“Pongan la Sagrada Escritura en un lugar visible en sus familias. Léanla,
medítenla y aprendan cómo Dios ama a su pueblo. Hoy también se manifiesta
Su amor ya que me envía para llamarlos al camino de la salvación.” En
el mes de junio de 1999, nos dice: “Los invito a que renueven la
oración en sus familias leyendo la Sagrada Escritura, y que experimenten
la alegría en el encuentro con Dios, quien ama a sus criaturas
infinitamente.”
Muchas veces en sus mensajes maternales, la
Virgen María nos ha dicho: “Queridos hijos, vivan mis mensajes y hagan
vida cada palabra que les doy. Que estas palabras sean preciosas para
ustedes porque vienen del Cielo. Hijitos, vivan alegremente los mensajes
del Evangelio, que les estoy repitiendo desde que estoy con ustedes.”
Quizás en algún lugar de
nuestro interior esperamos que la Virgen María nos explique aún más,
interprete y nos haga más claros sus mensajes. Sin embargo, los mensajes
de la Virgen no nos dan recetas para la felicidad. Ella ha venido a
encauzar nuestra mirada hacia Jesús, quien es nuestro único Salvador y
objetivo de vida. A fin de que podamos caminar por la vía de la conversión
y de la salvación, Ella nos ayuda con su presencia, llamados y amor. Ella
no ha venido a contarnos cuentos, a jugar con nosotros o a entretenernos.
Nos ha venido a llamar a la verdad, a la luz y a la exigencia de la
Palabra de Dios. Nos llama a que leamos y vivamos la Sagrada Escritura
para que descubramos la fuerza vivificante de la Palabra de Dios que nos
habla. El Espíritu Santo inspiró la Sagrada Escritura, y por eso la
Sagrada Escritura rezuma con el Espíritu Santo. Eso lo descubrimos leyendo
la Sagrada Escritura que impulsa y mueve nuestra voluntad hacia el bien,
ilumina nuestra mente y los sentimientos de nuestro corazón. San Gregorio
Magno se preguntaba: ¿Con qué se puede comparar la palabra de la Sagrada
Escritura? Y respondió: “Ella se parece a un pedernal, que está frío
cuando lo tenemos en la mano, pero cuando lo golpeamos con un hierro,
saltan chispas de él y prende un fuego. Las palabras de la Sagrada
Escritura permanecen frías si se comprenden de forma literal, pero cuando
alguien las forja con atención, inspirado por el Espíritu Santo, producen
un fuego místico.”
Solamente si nos apoyamos en
la verdad de la Palabra de Dios, descubriremos la transitoriedad de
nuestra vida y la seguridad de las palabras de Jesús: “El cielo y la
tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.” (Mt 24,35) Escuchemos a la
Virgen María por el bien nuestro y de nuestra vida.
Fr. Ljubo Kurtovic, Medjugorje, 26.01.2007
Mensaje de 25 de
febrero de 2008
Queridos hijos! En este tiempo de gracia, los invito nuevamente a
la oración y a la renuncia. Que su día esté hilvanado de pequeñas y
fervientes oraciones por todos aquellos que no han conocido el amor de
Dios. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
Comentario:
Este mensaje es tan directo que, a primera lectura, haría toda reflexión
redundante. Por una parte, la Santísima Virgen renueva su constante
exhortación a la oración y al ofrecimiento de renuncias o sacrificios, y
por otra nos manifiesta su intención que vayan una y otras para aquellos
que no han conocido el amor de Dios. Eso sí, su llamado tiene un agregado,
la modalidad de la oración: que la jornada sea entretejida -nos dice- por
oraciones cortas y dichas con fervor. Este aditamento, que sean oraciones
pequeñas, es de índole práctico, para que sea posible intercalar las
distintas tareas y movimientos que hacemos durante el día con esas
especies de jaculatorias; y la alusión al fervor con que son dichas es el
recordatorio que deben ser del corazón y no meras recitaciones mecánicas
como a veces, lamentablemente, se vuelven ciertas oraciones.
Sin embargo, a pesar de tratarse de un mensaje simple y directo,
de inmediato nos surge una pregunta: ¿quiénes son los “que no han conocido
el amor de Dios”?. Y ésta, se verá, no es una pregunta meramente teórica
porque va en la respuesta la razón de la motivación con que recemos y
ofrezcamos nuestros sacrificios. Es decir, no es lo mismo que a alguien se
le pida oraciones por personas de quienes desconoce los motivos que por
otras que sí sabe qué están padeciendo. En esto la misma Santísima Virgen
es Maestra, sino baste recordar las apariciones de Fátima, cuando en una
de ellas –la tercera, el 13 de julio de 1917- les mostró a los pastorcitos
el infierno y las pobres almas que caían en él y les pidió sacrificarse
por los pecadores y muchas veces decir “Jesús, es por tu amor, por la
conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos
contra el Inmaculado Corazón de María”. Jacinta, con apenas 7 años, no
dejaba de pensar en la visión y de repetir “¡Ay, el infierno! ¡Qué pena me
dan las almas que van al infierno!” y no paraba de rezar y hacer grandes
sacrificios por la conversión de los pecadores para arrebatarlos de la
condena eterna. Al mes siguiente, el 19 de agosto, la Virgen les vuelve a
recordar la necesidad de intercesión por medio de oraciones y sacrificios
diciéndoles: “Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues
muchas almas van al Infierno por no tener quien ore y haga sacrificios por
ellas”.
Evidentemente, no es lo mismo saber por quiénes estamos orando
que no saberlo o tener una noción demasiado genérica, diríamos
abstracta.
La primera respuesta a la pregunta de quiénes son “aquellos que
no conocen el amor de Dios” la tenemos de los mismos videntes de
Medjugorje y de Mirjana, en particular, cuando nos dicen que es así como
nuestra Madre Santísima llama a los no creyentes o ateos. Lo otro, que
también debemos recordar, es que en torno a Medjugorje hay secretos y que
se trata de fuertes advertencias y grandes correcciones, cuando no de
castigos, que Dios ha de enviar a esta nuestra humanidad, y que la Reina
de la Paz cuando pedía orar y hacer sacrificios por los no creyentes decía
con tristeza: “porque “¡no saben qué les espera!”.
Esa es la razón poderosa por la que la Santísima Virgen insiste
al pedir oración por “aquellos que no conocen el amor de Dios” y les
dedica un día especial, los dos de cada mes, en sus apariciones a Mirjana.
Evitemos pensar que los no creyentes son sólo aquellos que no van
a Misa los domingos. Muchas personas pueden ir por hábito, por obligación
impuesta por ellos mismos o por otros, pero no por verdadera fe ni porque
hayan tenido un encuentro personal con Jesucristo.
Al comienzo de las apariciones, estando la iglesia parroquial de
Medjugorje repleta, los videntes le dijeron a la Gospa: “Madre, estarás
muy feliz al ver tantos fieles en la iglesia”, a lo que Ella respondió:
“los verdaderos creyentes se cuentan con los dedos de la mano”.
La Madre de Dios no culpabiliza a esas personas sino que busca,
como Madre que es, de esos también hijos suyos, la salvación para ellos y
por eso apela a los otros hijos, los que siguen y viven sus mensajes para
que la ayuden a salvarlos.
Entonces, los que “aún no conocen el amor de Dios” es una
amplísima gama de personas que va de los indiferentes y tibios a los
incorregibles que se rebelan abiertamente contra Dios, y a los satanistas.
Ahora mismo, en España hay todo un movimiento que se ha dado en
llamar “Apostasía” y manifiesta delante de Catedrales exigiendo que se los
cancele como bautizados. El bautismo no es algo que se pueda cancelar
porque “imprime carácter”, es decir, que la señal espiritual es indeleble
y, por eso mismo, no se reitera y es para siempre. En pocas palabras es un
sacramento, como el del orden sagrado y la confirmación, para siempre. Sin
embargo, allí están vociferando y llenos de odio rechazando al Salvador y
a la Iglesia. Nuestra reacción, en este caso, aparte de la tristeza que
pueda provocarnos, más que de indignación debería ser de intercesión por
ellos y de reparación a Dios por la ofensa que se comete.
Al amor de Dios se lo puede desconocer por distintos motivos, por
circunstancias de vida como el hecho de haber nacido en una cultura atea,
por cerrazón personal, por indiferencia, por sofocamiento de conciencia,
por opulencia y autosuficiencia, por soberbia, por apego al pecado, por
caída profunda en el vicio, por ambición de dinero, de poder y de vida
lujuriosa, por tibieza, por hipócrita fariseísmo y por un largo etcétera.
Esas personas no han tenido, porque lo han rechazado o apagado en ellos,
una experiencia del Dios vivo que es Amor. Pero, en tanto estén aún en
esta tierra, ellos no están perdidos para siempre sino que Dios, en el
momento menos pensado, puede tocar sus corazones, puede darles la
iluminación que no tienen, puede vencer las resistencias que ellos mismos
se han construido.
Si por un lado nos enfrentamos al misterio de la libertad del
hombre, que lo puede llevar a rechazar a Dios y elegir para sí la muerte
eterna, por el otro está el misterio del amor de Dios y de esa
participación solidaria de su amor salvador que se llama la comunión de
los santos. Comunión de los santos que se expresa en nuestra intercesión
mediante oraciones y sacrificios, unidos a la intercesión ante el Padre de
Cristo, de la Santísima Madre y de todos los santos y ángeles del cielo.
Sin embargo, pese a que la mediación de nuestro Señor es de valor
infinito, nuestra parte es fundamental e insustituible en el plan de
salvación de Dios.
Quizás ahora, reflexionando, sobre quiénes son en concreto
“aquellos que no conocen el amor de Dios”, nuestra oración y nuestro
sacrificio cobre un nuevo sentido y se vea más motivado. Y aún más lo sea
porque, segura y lamentablemente, habrá, entre ellos, muchas personas que
conocemos, quizás parientes cercanos y amigos, que no están en un lejano
horizonte sino en nuestras mismas cercanías. Es por ellos que estamos
pidiendo y ofreciendo. Por ellos, para que no se pierdan y pierdan para
siempre.
Permítaseme ahora ir a un tema práctico, sabiendo que algunos hermanos
nuevos en la fe lo apreciarán. Se trata de saber o proponer cuáles pueden
ser estas pequeñas y fervientes oraciones, de las que habla nuestra Madre.
La respuesta inmediata es cualesquiera, con tal que sean del corazón.
Pueden ser las simples oraciones que nos viene de la tradición y de la
misma liturgia o bien jaculatorias conocidas. Sólo como ejemplos de
adaptaciones podría ser el trisagio: “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo
Inmortal, ten piedad de nosotros y de todo el mundo (o de aquellos que no
te conocen)”; o bien la oración permanente del peregrino ruso: “Jesús,
Hijo de David, ten piedad de mí y de todos los pecadores”. También la
jaculatoria de Fátima: “Oh, Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del
infierno lleva al cielo a todas las almas y socorre principalmente a las
más necesitadas (algunos dicen: “…perdona nuestros pecados”…. “a las más
necesitadas de tu misericordia”), o bien “Dios mío, yo creo, adoro, espero
y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no
te aman”, y también: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os
adoro profundamente y os ofrezco el preciosímo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en
reparación por los ultrajes, indiferencias y sacrilegios con que Él mismo
es ofendido y por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y del
Inmaculado Corazón de María os ruego la conversión de los pobres
pecadores”. Esta última oración, dictada por el ángel a los niños de
Fátima, es eminentemente eucarística, ya que se ofrece la Eucaristía, o
sea la fe en la presencia real y verdadera de Jesucristo en el Santísimo
Sacramento, en reparación por las ofensas al mismo tiempo que se intercede
por los pobres pecadores apelando a los Sagrados Corazones. Otra oración
relativamente breve y efectiva es la coronilla de la Divina Misericordia,
también eucarística. Y todas las que el Espíritu Santo nos dicte.
En el mismo orden de cosas, quienes puedan estar cerca de
iglesias con la exposición permanente del Santísimo Sacramento podrán
visitarlo frecuentemente durante el día y la semana, aunque sean breves
visitas de reparación e intercesión.
En cuanto a las renuncias, qué ejemplo nos daban -no sólo de
renuncias sino también de mortificación- los pastorcitos de Fátima cuando
en el calor del mediodía estival no bebían agua, ofreciendo la sed para la
salvación de las pobres almas o cuando se privaban de la merienda por lo
mismo.
Dejando de lado, por obvio, que la primer renuncia es al pecado y
todo lo que ofenda al Señor como modas y vida licenciosa y que todas esas
renuncias deben ser para siempre, podemos ver cuántas cosas nos gustan y
que podemos ofrecer al Señor como sacrificio además del ayuno de miércoles
y viernes: el café, los dulces, determinadas comidas o bebidas, el mirar
la TV, el ir al cine…
En definitiva, nuestra Madre del Cielo nos llama a ejercer
concretamente esos tres pilares de la piedad en este tiempo cuaresmal y de
gracia: la oración, la renuncia (el ayuno y otros sacrificios) y la
misericordia.
Recordemos con san Pedro Crisólogo que los tres no pueden
separarse. El santo llega a decir que quien posee uno solo de los tres y
no posee los otros, no posee ninguno. A la oración sin la renuncia le está
faltando el alma y sin la misericordia la razón de ser. Quien ora, que
ayune, quien ayuna que se compadezca. “El ayuno no germina si la
misericordia no lo riega”. “Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en
ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso
mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas fuerza de guardar,
recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo;
porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti”. Esto no
sólo vale para el dinero o el sustento material que demos a los indigentes
sino, y muy especialmente, para los más pobres, los que están sumidos en
la miseria del corazón y han desfigurado hasta hacerla irreconocible la
imagen de Dios en ellos. Por estos pobres, los que no conocen el amor de
Dios, dirijamos, a lo largo de nuestro día, nuestras súplicas del corazón
al Señor y ofrezcámosle nuestras renuncias.
P. Justo Antonio Lofeudo mss
www.mensajerosdelareinadelapaz.org
Mensaje de 25 de
marzo de 2008
¡Queridos hijos! Los invito a trabajar en la conversión personal. Aún en
su corazón, están lejos del encuentro con Dios. Por eso, transcurran el
mayor tiempo posible en oración y en Adoración a Jesús en el Santísimo
Sacramento del Altar, para que El los cambie y ponga en su corazón, una fe
viva y el deseo de la vida eterna. Todo es pasajero, hijitos, sólo Dios es
eterno. Yo estoy con ustedes y los aliento con amor. ¡Gracias por haber
respondido a mi llamada!
Comentario:
El momento que vivimos es único,
porque nunca antes en la historia la Madre de Dios vino tanto a la tierra
ni habló durante tanto tiempo. Esto, para nosotros, es evidente certeza
del tiempo extraordinario de gracia en el que nos encontramos. A la noche
que cubre la tierra viene a alumbrarla y a vencer las tinieblas la luz del
cielo. Al mal que domina las almas Dios le opone su misericordia enviando
a la Santísima Virgen. Porque “donde abundó el pecado, sobreabundó la
gracia” (cfr Rom 5:20). La gracia sobreabundante son estas
apariciones y estos mensajes de la Madre de Dios.
Nuestra Madre llega hasta nosotros para que la escuchemos, para que
salgamos de la apatía que –por tenernos lejos de Dios- nos va matando y
reaccionemos haciendo lo que nos pide hacer. Y, ¿qué nos pide hacer?
Trabajar para nuestra conversión personal. Trabajar quiere decir
esforzarse, poner todas las potencialidades, todas las energías de las que
disponemos en acción y dedicarnos muy seriamente a nuestra conversión.
Quiere decir darle máxima prioridad porque es para nosotros verdaderamente
cuestión de vida o muerte. Quiere decir no dilatar más el tiempo para
hacer el cambio de vida, no postergar la conversión a Dios sino disponerme
ya a hacerla. Hoy mismo, debo trabajar en mi conversión personal. Y ese
hoy es un hoy permanente. Es el hoy de nuestras vidas, de tu vida, de mi
vida. De esta vida que pasa y con ella todo lo que es efímero. De esta
vida que fue creada para tener sed de eternidad y que, desde la eternidad,
es llamada a ser eterna y no pasajera.
Porque qué nos queda
a nosotros si todo nuestro tiempo lo gastamos en lo que está destinado a
la herrumbre, a la corrosión, a la corrupción de la muerte. Qué será de
las cosas que hoy llaman mi atención cuando estas cosas son hechas de
materia corruptible. Qué será de todo lo que pueda vanamente hoy
inquietarme cuando pase mi tiempo sobre la tierra, si nunca me he
encontrado con Dios.
La conversión parte
de un encuentro personal con Dios y ese encuentro se produce cuando la
persona- por más alejada que haya estado- responde al llamado de Dios,
comenzando un diálogo de acercamiento. Cuando Adán pecó, Yahvé Dios llamó
al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? (cfr Gen 3:9). Escribió el filósofo
judío Martin Buber, que cuando el hombre respondió al llamado de Dios,
saliendo del escondrijo, allí mismo comenzó el camino del hombre. El Papa
Pablo VI decía que hay un camino de Dios hacia el hombre y un camino del
hombre hacia Dios.
A Dios, que está en
mi búsqueda, lo encuentro si lo busco. Buscar a Dios es siempre responder
a su llamado. Hoy Dios eligió una manera muy especial para llamarnos: a
través de su Enviada, la Santísima Virgen María, Madre de Cristo y Madre
nuestra.
Como a
Elías, Dios no se manifiesta en el poder aterrador de las fuerzas cósmicas
sino en la brisa de la amistad, en el susurro de estos mensajes. Porque
éste es todavía tiempo de misericordia, tiempo de gracia a aprovechar.
Debemos no demorar
en responder al llamado que, hoy concretamente, es el de la oración y de
la adoración al Santísimo Sacramento.
Es en el Santísimo
Sacramento del altar donde está Jesucristo presente, en toda su humanidad
y toda su divinidad, sólo ocultas por el velo eucarístico. Allí está Dios
trino y uno, porque estando Jesucristo, que es la Persona del Verbo, está
el Padre y está el Espíritu Santo.
Cristo está presente
y yo lo busco si respondo al llamado, lo encuentro, lo adoro, lo amo.
Hace muy poco recibí un testimonio de
una capilla de adoración perpetua. Alguien había dejado el siguiente
mensaje: “No estoy segura pero es probable que sean más de 10 años que no
vengo a una iglesia católica y si en el pasado lo hice fue sólo para
alguna visita de arte. Aún no sé cómo ocurrió pero estoy aquí. Creo en
esta paz y me gustaría encontrarla”.
Este breve testimonio encierra dos aspectos importantes de la gracia de
Dios. El primero es que esta persona -que se ve es una mujer- se sintió
atraída de algún modo desconocido para ella –pero, no para el Señor- y
recibió la gracia de reconocer la paz y, también de algún modo, la fuente
de esa paz. Estoy cierto que si persiste en abrir el corazón, lo que
escribió en ese momento es el inicio de un hermoso camino de conversión
personal. Lo otro, es que si esa persona pudo entrar en esa capilla fue
porque otras habían antes respondido al llamado del Señor y se hicieron
adoradoras comprometidas con una hora de adoración, permitiendo así que
las puertas de aquella capilla estuvieran abiertas. Y esa respuesta a ser
adorador es también una gracia a la que se le ha dado respuesta, un don
que ha sido acogido y que, por ello, produce sus frutos.
Fijémonos el final de la frase: “Creo en esta paz y me gustaría
encontrarla”. En la medida en que se quiere encontrar la paz que viene de
Cristo ya se ha empezado a hallarla.
Desde su morada eucarística nos llama
el Señor: “Venid a Mí, vosotros que estáis fatigados y agobiados que
yo os aliviaré”.“Venid
a Mí” es el llamado al encuentro de corazones.
A
todos invita el Señor a su presencia. Cuando se responde a este llamado
del Corazón de Jesús se produce el encuentro que sana, que salva, que trae
la paz y la alegría.
Aún sabiendo que Jesucristo está presente en la Sagrada Hostia, viéndola
así en su simplicidad, en su pobreza, en su vulnerabilidad y fragilidad,
en su mudez, podría parecernos que no estuviera haciendo nada y, sin
embargo, Él lo está haciendo todo. Del mismo modo que cuando estaba
colgado en la cruz y se lo veía derrotado, acabado, vencido, muriéndose
parecía el fracaso total de aquel esperado Mesías y sin embargo, en ese
preciso momento, estaba salvando a toda la humanidad.
Por eso mismo, porque a quien se adora es a Jesucristo, realmente,
verdaderamente presente en la Eucaristía, la adoración nunca es pasiva. El
que adora trabaja en su conversión e intercede para la conversión de
otros.
“Marta,
Marta, tú te preocupas y te agitas por muchas cosas pero una sola es
necesaria y María ha elegido la mejor parte que no le será quitada”
le dijo el Señor a Marta, hermana de Lázaro cuando le reclamaba que María
se había quedado contemplándolo, mientras que ella debía ocuparse de
servirlo (Cfr Lc 10:38-42). El Señor no desprecia la hospitalidad de Marta
sino que opone a ella algo mucho mejor, mucho más profundo, algo no del
momento sino para siempre: la hospitalidad del alma. Es la hospitalidad
del alma que recibe a su Señor, que lo acoge, que lo escucha, que lo
contempla, que lo adora.
Lo único necesario… la mejor parte que no le será quitada. Esto
es la adoración al Santísimo. Por eso, el Santo Padre Benedicto XVI ha
dicho: “la adoración no es un lujo sino una prioridad”.
Quien adora, respondiendo al llamado a acercarse, entra en la intimidad de
Dios. Para esa persona Dios no es un extraño sino un amigo, un dulce
amigo, el mejor de los amigos a quien encuentra en cada adoración y bueno,
muy bueno, es quedarse largo tiempo con ese amigo, Creador y Salvador
nuestro, que se ha encontrado. Es entonces que el encuentro se vuelve pura
interioridad y el Señor hace su morada en el corazón.
Como enseñaba el muy
amado Papa Juan Pablo II: “Es bello relacionarse con Él e inclinados sobre
su pecho, como el discípulo predilecto, ser tocados por el amor infinito
de su corazón”. Y observaba: “hay una renovada necesidad de quedarse largo
tiempo, en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de
amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento”.
La
adoración silenciosa delante del Santísimo Sacramento permite escuchar a
Dios, porque la presencia eucarística es Palabra que se adora y que habla
a mi silencio y yo la escucha mientras adoro.
Escucho la voz del Señor que dice:
“Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y me abre,
entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20).
¡Él, mi Dios y mi Señor, quiere entrar en mi vida para que pueda yo entrar
en su intimidad! Pero, esto es verdaderamente algo enorme y no puedo,
después de saberlo, no abrirme a su gracia infinita.
“Si
alguno escucha mi voz y me abre, entraré en su casa”. Si tú escuchas
la voz del Señor y le abres la puerta de tu corazón, Él entrará en tu
casa, en tu vida y te hará verdaderamente feliz.
Todo pasa, nos recuerda la Virgen Santísima, sólo Dios permanece y sólo
Dios da en cada momento de adoración aquello que no le será quitado porque
ya ese momento de adoración sabe a eternidad.
El que adora, el que ora mueve el mundo porque mueve el Corazón de Aquél
que todo lo mueve, que todo lo puede. Y el primero en ser movido,
transformado, es el propio adorador, el espíritu orante.
Ante el Santísimo Sacramento, el Señor nos va transformando, nos va
llevando de gracia en gracia, por el camino de la santificación
personal, porque adorando al Santo somos conscientes que debemos ser
santos, es decir, emprender un camino de conversión personal.
Delante del Santísimo, de rodillas, renovamos nuestra profesión de fe en
la real y verdadera presencia de Cristo.
Sin embargo, adorando no sólo damos testimonio de nuestra fe y de nuestro
amor hacia el Señor presente en la Eucaristía, sino que fortalecemos y
alimentamos nuestro amor y nuestra fe, haciendo de ella una fe viva, no
una fe declamada y no vivida. Y así,
el tiempo que transcurrimos en adoración al Señor cobra un valor infinito,
se multiplica en gracias y bendiciones, se ensancha, profundiza y alarga
hasta tocar el cielo. Ese tiempo se mide en plenitud y ansias de
eternidad.
No debemos cansarnos de orar y adorar. Estamos, como Israel del Antiguo
Testamento, en un combate. Nuestro combate es espiritual contra el mundo,
contra el espíritu del mundo, contra Satanás y contra nosotros mismos en
nuestras malas inclinaciones y nuestra vida desordenada. Como Moisés,
debemos subir al monte, al monte de la oración y de la adoración y no
bajar los brazos. Debemos alzar las manos hacia Dios. Debemos
arrodillarnos en adoración para ser más fuertes que el mal, para recibir
la protección divina, para crecer en la fe, en la esperanza, en la
caridad.
He leído que el nuevo Beato Rosmini
había dejado, como testamento espiritual, tres palabras: callar,
adorar y gozar. Callar para hacer silencio y permitir la
escucha de la Palabra, por amor a la Palabra. Adorar, para rasgar
la rutina y penetrar el cielo. Gozar, porque el Evangelio es la
Buena Noticia, porque adorando a Dios se encuentra la paz y la alegría que
el mundo jamás puede darnos.
Es hora de gozar del amor del Señor que nos ha dado y nos envía esta
grandísima y bellísima Madre, que nos ama y está con nosotros en nuestro
camino de conversión. Porque es tiempo de profundizar la conversión,
trabajando en ella, orando, adorando y haciendo silencio para que Dios
hable en nosotros y nos dé la fe viva que necesitamos y la vida eterna que
anhelamos.
Madre de Dios, Reina de la Paz, tú agradeces nuestra respuesta, cuánto
debemos darte gracias nosotros por estos llamados tuyos de salvación.
Desde que te seguimos nuestra vida ha cambiado, nuestro horizonte se ha
dilatado al infinito, nuestra fe se ha vuelto viva y nuestra sed de vida
eterna nos ha ensanchado el espíritu.
Gracias, Santísima
Virgen, por tus mensajes, por todo este tiempo que estás junto a nosotros
y con tanto amor nos alientas y nos guías.
Gracias, Señor,
Salvador nuestro, por enviar a tu Madre en este tiempo de tu misericordia.
A Ti, Señor, la alabanza, la adoración, el poder, el honor y la gloria.
P. Justo Antonio Lofeudo mss
www.mensajerosdelareinadelapaz.org
Mensaje de 25 de
abril de 2008
"¡Queridos hijos! También hoy los invito a todos a crecer en el amor de
Dios, como una flor que siente los rayos cálidos de la primavera. Así
también ustedes, hijitos, crezcan en el amor de Dios y llévenlo a todos
aquellos que están lejos de Dios. Busquen la voluntad de Dios y hagan el
bien a aquellos que Dios les ha puesto en su camino; y sean luz y alegría.
¡Gracias por haber respondido a mi llamada!"
Comentario:
Nuestra Madre a través de estas analogías que toma de la naturaleza, al
mismo tiempo que nos llama a no ser indiferentes a la maravillosa creación
que refleja la belleza y bondad del Creador, nos introduce, por así
decirlo, en el misterio del amor de Dios.
La primera lección es entonces que debemos aprender a ver en la
naturaleza el misterio que nos trasciende y también a orientar la mirada
por encima de las cosas de la vida cotidiana que ofuscan nuestro espíritu
-como las imágenes que en su vulgaridad y carnalidad nos invaden e impiden
un desarrollo de nuestra espiritualidad- hacia el amor de Dios en lo
creado y en nosotros mismos.
Como alguna vez lo recordó el entonces Cardenal Ratzinger: a
consecuencia de la marea de imágenes de nuestro tiempo, nos amenaza una
ceguera del corazón que nos impide ver nuestro interior y no estamos en
condiciones de percibir el interior de las cosas y de los seres humanos,
la belleza de la creación, la bondad oculta, lo puro y lo grande que
habita en un hombre y a través de lo cual nos contempla la bondad misma de
Dios.
Así como la flor es sensible a su medio y cuando éste es propicio se
desarrolla y crece, así también crecer en el amor de Dios implica ser
sensibles a ese amor, siendo conscientes, receptivos y abiertos a ese amor
divino que todo lo envuelve y lo abarca, puesto que en Él
existimos, nos movemos y vivimos (cfr Hch 17:28).
La primavera empieza a despuntar cuando se ven los almendros y los
naranjos en flor, cuando otras plantas y frutos comienzan a aparecer y
abriéndose colorean el ambiente y lo impregnan del perfume que exhalan.
Así también Dios, por su amor hace crecer el amor en quien se siente amado
y se deja amar por Él. Cuando nos dejamos alcanzar y tocar por Aquél que
nos amó primero, recibimos la fuerza vital de la gracia que nos permite
dar frutos y que esos frutos perduren y no se marchiten (cfr Sal. 1).
Descendiendo del amor divino al humano podemos ver otra analogía
observando cómo las personas crecen y se realizan como tales en ambientes
donde hay amor y cordialidad y cómo, en cambio, se frustran o cierran en
la oscuridad de las pasiones y resentimientos cuando el ambiente es
opresivo, hostil y falto de amor. Si esto es así en el plano humano,
infinitamente más lo es cuando se trata del amor divino, al punto tal que
sólo crece verdaderamente como persona en toda su dignidad quien,
sintiéndose hijo de Dios, es sensible al amor de Dios y por consecuencia
se abre a él y vive en él y de él.
Si bien el amor de Dios es omnipresente, la libertad del hombre y el
condicionamiento que proviene del mal puede ignorarlo y hasta negarlo.
Muchos se preguntan qué se puede hacer cuando la persona ha crecido y
vivido sólo en un ambiente de odio, de vicios, de mal y se dicen: “siendo
cada uno también producto de su medio, qué libertad de elección tiene
quien toda su vida ha vivido en un ambiente lejos de Dios, de mentiras, de
crimen o de mendicidad” para concluir con deducciones fatalistas como
“esos casos no tienen remedio, es lo que les ha tocado en vida” y
justificantes como “no tuvieron otra posibilidad y por eso hacen lo que
hacen”.
Pues, la respuesta es doble: por una parte es cierto que seguramente
ante la justicia de Dios habrá atenuantes y agravantes según las
circunstancias que han rodeado la vida de cada uno, porque “a quien
mucho se le dio mucho se le pedirá” (Lc 12:48). A esto hay que
agregar que Dios quiere que todos los hombres se salven y a todos da las
gracias necesarias para salvarse. Eso en primer lugar, pero además hay
otra exigencia paralela a la anterior y es: “y a quien se confió
mucho, se le reclamará más” (cfr ibidem). Es decir, que la salvación
del otro también depende de mí -a quien Dios más ha confiado- de mí que
soy cristiano y que además leo, recibo con atención y hasta alegría los
mensajes del cielo y quiero ser receptivo a ellos y vivirlos. La
salvación, queridos hermanos, no es aventura personal por lo que en tema
tan eminentemente vital somos todos solidarios.
Nunca hay que pensar “yo me salvo y eso me basta” porque lo primero
que el Señor nos preguntará cuando estemos frente a Él, ha de ser
“¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde lo has dejado? ¿Por qué no viene contigo?”.
Por eso mismo, estamos llamados a ser los brazos extendidos de Dios hacia
los que viven aquellas situaciones de alejamiento, y lo seremos en la
medida que vivamos en Dios e imitemos a Cristo.
A veces me pregunto: ¿Qué hubiera sido de la Magdalena sin el amor de
Cristo? Ella, mujer rechazada y condenada por pecadora. ¿Qué hubiera sido
de ella sin haberse sabido por él amada y perdonada? ¿Qué sería de
nosotros si no supiéramos de la misericordia de Dios, de su amor sin
límites que espera siempre nuestro arrepentimiento y contrición?
Porque encontró aquel amor, María de Magdala creció en ese amor divino
tanto que lo buscó cuando los otros discípulos habían desesperado y se
habían detenido ante la muerte. Ella, en cambio, fue al sepulcro bien de
madrugada para buscar al amado. No la llevaba la fe ni la esperanza de la
Resurrección –esas sólo quedarían para la Madre- sino el amor. -“Mujer
por qué lloras?” -“Porque no encuentro a mi Señor”. Aún cuando
buscaba un muerto, el amor era más fuerte que la muerte y el amor de María
estaba vivo. Ese amor la había traído hasta allí.
-“María”... -“Rabunní”. ¡Qué inmensa dicha, María! Has
encontrado a quien buscabas, has encontrado a tu Señor y Dios. Por eso,
María de Magdala, serás tú la primer testigo del Resucitado y podrás
llevar a todos la luz y la alegría de la Resurrección, de la certeza de la
Salvación.
Amar, perdonar, hacer el bien a quien encontramos en el camino de la vida,
entregarse e interceder ante Dios es imitar a Cristo para que el otro
alcance al Salvador y resucite de su muerte.
Es Dios quien en su amor nos vuelve sensibles hacia el mal, para
rechazarlo, y hacia la víctima y también hacia el victimario que se
condena, para que vayamos al rescate mediante la oración, el ejemplo, la
compasión, el auxilio y el acto concreto de amor.
Entonces, entenderemos que la voluntad de Dios “que todos los hombres se
salven” debe actuarse en nosotros hacia el que está lejos de Él por la
razón que fuera.
La Virgen Santísima nos exhorta a crecer -así como crecemos en la
vida natural nos pide que crezcamos en la espiritual- para poder llegar a
dar de aquello que hemos recibido.
La Reina de la Paz explicita qué es ese crecer: es dar amor, hacer el
bien, buscar en todo la voluntad de Dios. Es volvernos instrumentos de
paz, de concordia, de unión en cada ocasión, en cada circunstancia
concreta de nuestra vida de todos los días.
Crecer en el amor de Dios es ensanchar nuestra tienda para cobijar al
desnudo por su pobreza y su miseria. Crecer en el amor de Dios es alargar
el propio horizonte para hacer próximo al que está lejos y llevar todos
hacia Dios. Crecer es atraer a los alejados con el testimonio, con la
oración que intercede, con el amor recibido e irradiado que conquista.
Crecer es ser cada uno mejor en lo que le toca vivir y actuar.
Al contemplar a Dios en el santuario del corazón, en la oración
secreta, en la celebración eucarística cuando Jesucristo rasga el cielo y
en la adoración, somos envueltos en su amor porque Dios es Amor (cfr 1Jn
4:8). Amor de Dios que nos conquista y nos hace capaces de amar, de vivir
en el continuo estupor y en la permanente felicidad del amado. Amor de
Dios, fuerza vital, que nos cobija, nos nutre y nos hace crecer en la
belleza, en la bondad, en el amor, en la humildad.
Crecer en el amor de Dios es también comprender que para contemplar y
adorar al Santo hay que ser santo, es decir, estar dispuesto a hacer un
camino de santidad. Y eso, precisamente, es buscar la voluntad de Dios en
todo, no la propia sino la perfecta divina voluntad, orando para saber
cuál es el proyecto de Dios en mi vida.
Crecer en el amor de Dios es amar sin poner límites al amor.
Quien vive en el amor de Dios vive en la luz que no depende de sus otras
circunstancias, por oscuras que ellas sean, y puede reflejar la luz
convirtiéndose de portador en la misma luz para los que viven en
tinieblas.
El gozo, que a través de Jesucristo Dios quiere darnos, si somos
sofocados por el mundo terminamos no anhelándolo ni buscarlo porque otras
alegrías fugaces e intrascendentes nos distraen y nos ciegan.
Nuestra Madre Santísima nos llama a la verdadera alegría, para que
viviéndola transforme nuestras vidas en fuente de alegría para otros.
Recordemos que la Madre lleva siempre a su Hijo y es Jesús quien quiere
allanarnos el camino que nos lleva a la alegría de Dios. Por eso toma la
cruz sobre sí. Es Él quien lleva nuestras oscuridades, nuestros dolores,
para que se abran nuestros ojos, para que lleguemos y recorramos ese
camino.
Mirar a Jesús, contemplar su vida y su pasión, fijar la mirada en su
presencia eucarística en adoración, significa penetrar la alegría de Dios,
aprendiendo de Jesús que a través de la renuncia y el dolor somos
conducidos al auténtico gozo.
Crezcamos en el amor de Dios para ser portadores de su amor ante los
hombres, busquemos hacer la voluntad de Dios para así hacer siempre el
bien a los demás y santificarnos. Así, sólo así, seremos luz y alegría en
este triste mundo de oscuridad.
P. Justo Antonio Lofeudo mss
www.mensajerosdelareinadelapaz.org
Mensaje de 25 de mayo de 2008
"¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, en que Dios me ha permitido
estar con ustedes, nuevamente los invito, hijitos, a la conversión.
Trabajen de una manera especial por la salvación del mundo mientras estoy
con ustedes. Dios es misericordioso y concede gracias especiales, y por
eso, pídanlas por medio de la oración. Yo estoy con ustedes y no los dejo
solos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!"
Comentario:
Desde sus primeros mensajes en Medjugorje, la Reina de la Paz nos llama a
la conversión. El llamado a la conversión es universal y permanente. Ese
ha sido el primer grito evangélico, el del Bautista (cf Mt 3:2) y del
mismo Jesús al comienzo de su vida pública (cf Mt 4:17).
Convertirse significa hacerse disponible a la gracia de Dios para que sea
Él quien nos vaya convirtiendo o sea cambiando el corazón, orientándolo
hacia Él y guiándonos en su amor.
Nada hay menos egoísta que ocuparse de la salvación de uno mismo; nada hay
menos mezquino que seriamente dedicarse a la propia conversión; nada hay
más altruista, generoso y bueno que desear llegar a ser santo, es decir un
amigo de Dios, uno que crece en la perfección del amor. Por tanto, la
conversión nunca es un asunto meramente personal sino que, necesariamente,
implica a otros. Así como el mal nunca es asunto privado tampoco lo es el
bien, puesto que tanto en uno como en el otro somos siempre solidarios.
La gracia divina sobre mi persona -la que me va transformando en la medida
de mi acogida y cooperación a ella- hará que, al ir convirtiendo mi
corazón a Dios, pueda transmitir lo recibido a los que encuentre en mi
camino. Entonces, mi paz será paz que a otros lleve; mi mirada sobre los
demás ha de cambiar el juicio severo e implacable por la misericordia;
recibiré amor de la fuente del amor y podré dar amor; seré mejor y cuanto
pueda hacer o decir o pensar será mejor y beneficiará a otros; descubriré
al prójimo en mi vida, es decir que aquel que estaba fuera de mi horizonte
será alcanzado por mí y lo acercaré y me preocuparé por él o me ocuparé de
él, ayudándolo, hablándole de Dios o intercediendo ante a Dios por su
persona.
Convertirse implica necesariamente comprometerse en la obra de salvación,
volviéndose corredentores con el único Redentor, Jesucristo(1). Por eso,
inmediatamente después de llamarnos a la conversión, nuestra Santísima
Madre nos pide trabajar para la salvación del mundo, y esto debemos
entenderlo como que la conversión personal es condición necesaria para
poder llegar a ser instrumento de salvación para otros por obra del único
Salvador, Jesucristo.
Dios nos muestra el camino: la
asunción de nuestra humanidad en Jesucristo es solidaridad de Dios con el
hombre a quien no abandona a la muerte y a la condena eterna. Esa
solidaridad y condescendencia de Dios la origina su amor misericordioso y
la misma exige la participación de cada uno de nosotros, en el sacrificio
de Cristo, a la Redención universal. Cada uno es llamado, entonces, a
participar del sacrificio de Cristo como corredentores, es decir
colaborando, cooperando con el Señor a la obra de salvación que Él mismo
ha iniciado y realizado, pero que no se completa sin nosotros. En el plano
exclusivamente personal podemos decir con san Agustín que “quien te hizo
sin ti, no te justificará sin ti”.
Para nuestra salvación y la de los
otros, el Señor quiere nuestra cooperación, nuestro sí a su sacrificio
redentor, nuestra aceptación de fe y de vida que camina hacia la santidad.
El Salvador de toda la humanidad espera, por así decirlo, que el hombre,
aunque sea éste el último y más deleznable pecador, acepte y coopere a su
salvación para que verdaderamente acontezca.
Convertirse no es aislarse en una
torre de cristal desde donde se echa en cara la falta de fe de los otros,
creyéndose mejores y jueces de los que están lejos de Dios, sino volverse
más sensibles y misericordiosos amando a Dios en el hermano y amando al
hermano en Dios. Convertirse es extender la mano y ensanchar la tienda
para auxiliar y arropar al que está desnudo, solo y desamparado y ayudar a
levantar al que se cayó, es prestar el hombro para que se apoye el que
desfallece por perder sus esperanzas. Convertirse es profundizar la
amistad con el Señor, entrando en su intimidad, rezando y adorando desde y
con el corazón. Convertirse es aumentar la confianza en Dios, profundizar
el abandono, recrear la amistad en el amor de donación. Convertirse es
hacer todo en el silencio y el secreto del corazón donde solamente Dios ve
y tiene acceso.
Desde los mismos evangelios se nos
muestra -“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz y sígame" (Lc 9:23)- siguiendo por san Pablo y toda la
tradición posterior de la Iglesia, que el seguimiento de Cristo en los
sufrimientos y en las virtudes son caminos en los que contribuimos a la
salvación no sólo propia sino de muchos otros.
Veamos sino qué escribe san Pablo a
los colosenses: "Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por
vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de
Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1:24). ¿Qué
significa “que falta a las tribulaciones o padecimientos de Cristo”?
¿Acaso que su sacrificio no fue perfecto? Desde luego que no. Claramente,
significa que cada uno, por esa solidaridad hacia Dios -que es el primero
que por su Alianza nueva y eterna, se hace solidario con el hombre-, debe
participar incluso con sus sufrimientos, cuando estos son asociados al de
Cristo, a favor de la Iglesia, cual instrumento de salvación de la
humanidad. Es decir, que el sufrimiento del cristiano cobra un sentido y
un valor infinitos, porque asociado al de Cristo es medio eficaz de
salvación para otros. Debería maravillarnos el comprobar que el amor de
Dios es tan grande que nos asocia a toda su inconmensurable obra redentora
para que participemos de su gloria.
Todo esto lo podemos resumir en que la
fe y el amor son el camino a la participación nuestra en la salvación
propia y de los demás. Participación a la salvación, que viene del único
sacrificio de Cristo Jesús en la cruz y que actualizamos en cada
Eucaristía.
“Dios es misericordioso y concede gracias especiales, y por eso,
pídanlas por medio de la oración”
Para que Dios obre la conversión en
nosotros hacia Él, menester es abrirse a su gracia, aprovechando este
tiempo que se nos concede y en el que nos da dones particulares a
raudales.
Es en la oración sencilla y del
corazón, es en cada Rosario recitado y meditado con unción que nos abrimos
a esas gracias especiales que la misericordia de Dios nos brinda en este
tiempo. Y han de ser las gracias especiales que nos impulsarán y harán
eficaz nuestra obra, la que el Señor determine para cada uno, por la
salvación del mundo.
Advertimos, sin embargo, que la Reina
de la Paz no sólo nos invita a trabajar por la salvación del mundo sino
que agrega: “especialmente mientras estoy con ustedes”. Es como
decirnos: “háganlo ahora, no dejen pasar este tiempo de gracia. Ahora, que
estoy con ustedes de este modo único, que son estas apariciones y mientras
Dios me deja venir y darles estos mensajes”.
Una de los grandes signos de este
tiempo de misericordia son, precisamente, estas apariciones de la
Santísima Virgen, sobre todo desde la década del 80, en Medjugorje. Ahora
Ella está con nosotros de un modo que sentimos y hasta palpamos como muy
cercano. Un tiempo en que su presencia se ha vuelto coloquial y
entrañablemente familiar. Ella es nuestra Madre, que viene por sus hijos,
a sacarlos de la oscuridad y de las sombras de muerte, y que les habla y
los cita periódicamente y se aparece cada día a sus elegidos videntes y
convoca a todos dos veces al mes, los días 2 y los 25, para que se enteren
lo que del Cielo viene a decirles. Esto lo entienden y lo atienden y lo
siguen los sencillos de corazón, los simples, los hijos atentos a su
Madre. En cambio resulta incomprensible y piedra de escándalo al
escepticismo y la duda racionalistas, a la consecuente pérdida de lo
sobrenatural, al orgullo, a la suficiencia, a las elucubraciones
alambicadas y complicadas.
Es muy cierto lo que se dice: que las
apariciones se extienden largamente en el tiempo (pronto serán 27 años
ininterrumpidos de apariciones); que la Virgen repite cosas ya dichas
muchas veces en los mensajes; que se aparece diariamente y además sigue a
los videntes donde ellos estén.
Todo eso es muy cierto, pero que no
sea ello motivo de objeciones porque parezca excesivo lo que está haciendo
la Madre de Dios quien -también se aduce en contra de Medjugorje- es tan
locuaz cuando tan parca aparece en los Evangelios.
Sería, en cambio, de desconfiar sobre
la figura que la Iglesia tiene desde siempre de la Madre de Dios si Ella,
en estos tiempos de tanta dificultad, de tanto pecado generalizado, de
tanta oscuridad moral y espiritual, hubiera estado ausente o permanecido
muda y no insistiese en repetir lo ya dicho y seguir a sus hijos donde
ellos estén.
También se arguye en contra de
Medjugorje el apartarse de otras apariciones en que poco estuvo y poco
habló, y se suele tomar como ejemplo a Lourdes donde en total fueron 18
las veces que apareció, durante apenas cinco meses y pocos los mensajes
transmitidos, o bien Fátima donde en cuanto a número de apariciones, en
1917, fueron pocas, pocos los meses y pocas las palabras. Pero, al razonar
así no se tiene en cuenta que, primero, fijar pautas a la acción de Dios
es un gran equívoco porque Dios es libérrimo y María Santísima es su
enviada, y siendo Dios misericordioso ha dispuesto para estos grandes
males que hoy padecemos y los aún peores con los que somos amenazados,
remedios extraordinarios. Aquellas objeciones tampoco son de considerar
porque no hay estereotipos de apariciones como para fiarse que deban
seguir ciertas pautas necesariamente. Y sino en qué se parecen entre sí
por ejemplo La Salette, Kibeho, Amsterdam y Laus(2), por sólo mencionar
algunas de las apariciones aprobadas.
María, siempre Virgen y más que santa,
es la Madre de la Iglesia y nosotros, como los discípulos de Jesús en el
Cenáculo, oramos junto a Ella. Somos la Iglesia orante que reza con María
y todos unidos constituimos una fuerza grande que atrae al Espíritu Santo,
la más poderosa fuerza de lo alto, sobre la tierra y convierte los
corazones, sana las heridas del pecado, extiende el bien y aniquila el mal
como la luz disuelve las tinieblas. Es por la oración que vienen las
gracias de Dios y el mayor de los dones, el mismo Santo Espíritu que obra
en la Iglesia de Cristo, que somos nosotros junto a los santos y a la
Madre de la Iglesia, la salvación del mundo.
Cuando la Reina de la Paz no esté con
nosotros, cuando no haya más mensajes ni apariciones, cuando no sople el
viento del Espíritu, cuando se haya agotado el tiempo de la gracia
extraordinaria que la misericordia de Dios dispuso para este tiempo de
apostasía entonces todo será mucho más difícil.
La insistencia que se vuelve
repetición de la Madre, que no se cansa en llamar a sus hijos, es para que
no ocurra lo que con palabras muy duras y temibles advierte la Escritura
cuando dice que “os llamé y no hicisteis caso, os tendí mi mano y
nadie atendió, despreciasteis mis consejos, no aceptasteis mis
advertencias… no aceptaron mis consejos, y despreciaron mis advertencias”
(Prov 1:24-25,30). En cambio, en medio de la tribulación con cuáles
palabras de consuelo termina para aquellos que sí escucharon las
advertencias y obraron en consecuencia: “Pero el que me escucha vivirá
seguro, tranquilo y sin miedo a la desgracia” (Prov 1:33).
Es hora de recordar que en torno a
Medjugorje hay diez secretos y que ninguno de ellos se ha dado a conocer
porque los grandes acontecimientos en ellos encerrados aún no han
acontecido. En ese orden de cosas, debemos tener presente que los secretos
son advertencias para la humanidad y que cuando comiencen a verificarse,
los acontecimientos han de sucederse muy rápidamente. Por lo que no hay
que esperar esos momentos, de evidencia de la presencia de la Santísima
Virgen en Medjugorje y de la intervención divina sobre el mundo, para
convertirse porque –como lo advirtió la misma Virgen- no habrá tiempo.
No hay que esperar aquel tiempo -que no sabemos cuán lejos está aunque más
bien parece que sino es inmediato es sí cercano- sino aprovechar este otro
tiempo presente que la misericordia de Dios nos ha otorgado y que no ha de
volver. Nuestra Madre nos lo viene advirtiendo desde hace años y con
palabras muy claras. Su mensaje en la Navidad de 1989 fue:
“Queridos hijos, hoy los bendigo de manera especial con mi bendición
maternal, e intercedo ante Dios por ustedes para que les conceda la
conversión del corazón. Desde hace años los estoy invitando y
exhortando a una vida espiritual profunda en la simplicidad. Pero
ustedes ¡están tan fríos! Por eso, hijitos queridos, les ruego que
reciban y vivan mis mensajes seriamente, para que sus almas no se
entristezcan cuando yo no esté más con ustedes y no pueda guiarlos como a
niños inseguros en sus primeros pasos. Por eso, hijitos, lean cada día los
mensajes que les he dado y transfórmenlos en vida. Los amo y es por
eso que los invito a todos al camino de la salvación con Dios. Gracias por
haber respondido a mi llamado”.
“Trabajar por la salvación del
mundo”
Trabajar significa esforzarse, dedicarse. Trabajar es hacer pero un
hacer fundamentado en la oración, en la unión con Dios, en la apertura a
la gracia que hacen posible la conversión. Trabajar desde la conversión y
no fuera de ella.
No hay mayor peligro para la
conversión que creer que uno ya está convertido, que no necesita de
conversión, y mirar al costado como si el llamado que hace la Virgen fuera
para otros. Lamentablemente, en la misma Iglesia suele ocurrir que se
puede estar haciendo muchas cosas pero si no hay oración, si no hay un
verdadero camino de conversión, todo no pasa de ser mero movimiento que se
vuelve vano o hasta contraproducente. Se puede hasta correr el riesgo de
dar escándalos o antitestimonios.
De esto, por cierto, no estamos
exentos ninguno ni tampoco las personas que se han comprometido en
difundir los mensajes de Medjugorje. El caso extremo es el de la falsa
religiosidad contra la que fue durísimo el Señor:
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos,
hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros
ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar”
(Mt 23:13).
Por ello, vale la pena recordar el
mensaje de hace 17 años atrás:
“Queridos hijos, hoy los invito a
todos ustedes que han escuchado mi mensaje de paz, a llevarlo a cabo con
seriedad y con amor a la vida. Son muchos los que piensan que hacen
muchísimo hablando de los mensajes, pero no los viven. Los invito,
hijos queridos, a la vida y a que cambien todo lo que es negativo en
ustedes, para que sea transformado en positivo y en vida. Queridos hijos,
estoy con ustedes y deseo ayudarlos a cada uno a vivir y a que den
testimonio con sus vidas de la Buena Nueva…”
(25 de Mayo, 1991).
Evitemos caer en arrogarnos
representatividades y apropiaciones que nadie dio. Ocupémonos y
preocupémonos de nuestro camino de conversión. No estemos ansiosos por
difundir los mensajes o dar la última noticia sobre Medjugorje si dejamos
de lado lo esencial: amar, adorar, rezar, aprovechar cada gracia que Dios
nos ofrece. Lo fundamental de estos mensajes de nuestra Madre es vivirlos,
encarnarlos, que el resto vendrá por añadidura.
Si hacemos lo que hoy nos pide,
mañana, cuando ya no esté como ahora está entre nosotros, no hemos de
lamentarlo porque Ella no nos dejará nunca solos. Porque quien la haya
escuchado y seguido, quien haya vivido sus mensajes en profundidad vivirá
en paz a pesar de todo y habrá contribuido a la salvación de muchos. Que
así sea para cada uno de nosotros.
P. Justo Antonio Lofeudo mss
www.mensajerosdelareinadelapaz.org
(1) A propósito de
corredención, ¡cuántos problemas parece provocar esta palabra cuando se la
aplica a la Santísima Virgen! El prejuicio que algunos, incluso
católicos, tienen contra la Santísima Virgen, hace que les resulte
inaceptable el término por correr el riesgo -se arguye- de hacer de la
Virgen una figura igual a la del Hijo. Lo que parece ignorarse, siempre
por ese prejuicio, es que no se le adjudica, ni jamás podría hacerse, el
título de Redentora sino de Corredentora, aquella que en grado sumo ha
cooperado y coopera más estrechamente a su Hijo por la salvación de la
humanidad.
(2) La Iglesia acaba de aprobar las
apariciones de la Santísima Virgen a Benoite Rencurel,
una pastora de 17 años, quien comenzó a recibir las visitas de la Virgen
en mayo de 1664, en la aldea de Saint-Étienne-le-Laus, donde vivía con su
familia. Las apariciones se extendieron durante 54 años, hasta 1718. No
fueron diarias como en Medjugorje pero sí cubrieron un tiempo mucho más
largo.
Mensaje de 25 de junio de 2008
"¡Queridos hijos! También hoy con
gran alegría en mi corazón os invito a seguirme y a escuchar mis
mensajes. Sed portadores alegres de paz y de amor en este mundo sin paz.
Estoy con vosotros y os bendigo a todos con mi Hijo Jesús, el Rey de la
Paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada! "
Comentario
En este mensaje desbordante de
alegría, la Santísima Virgen expresa con palabras lo que para los videntes
ha sido una experiencia inmensamente más rica: la de poder percibir la
inefable dicha de la Madre que está con sus hijos a quienes tanto ama.
Nuestra Madre Santísima está feliz porque puede estar con nosotros de este
modo único. Para nosotros es la alegría con que festejamos 27 años de su
presencia ininterrumpida, y festejándolos damos gracias al Señor que nos
envía a su Madre. Todos debemos sentirnos felices de gozar de tanta gracia
en este tiempo de misericordia divina.
La Reina de la Paz nos invita –con
gran alegría en su corazón- a escuchar sus mensajes y a seguirla.
Escuchar el mensaje significa más que
simplemente leerlo u oírlo, porque escuchar supone poner atención a lo que
se lee u oye para luego conformar la vida a esa escucha.
A su pueblo Yahvé le da como primer
mandato el de escuchar cuando, por medio de Moisés, le dice: “Escucha,
Israel: el Señor es uno, uno solo es nuestro Dios”. Y luego agrega:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas. Los mandamientos que hoy te doy quedarán grabados en tu
corazón…” (Dt 6:4-6). Le manda Dios prestar mucha atención y, para no
olvidar su mandamiento, grabarlo en el corazón. Es decir que no le exige
una simple rememoración sino que le manda “recordar”, o sea repasar lo
acontecido que fue grabado en el corazón, para que cada mandamiento sea
parte de la vida misma de cada miembro del pueblo de Dios.
Así como Yahvé manda a Israel a amarlo
con todo su ser y a grabar los mandamientos en el corazón, así también
ahora para verdaderamente satisfacer el llamado de la Madre de Dios hay
que poner todo el corazón en lo que se escuche, haga y recuerde.
El corazón es lo más íntimo, secreto y
sagrado de cada uno y de allí debe partir cada oración, cada sacrificio,
cada ofrenda a Dios. Por eso, también el corazón debe ser purificado de
toda mala intención, de todo mal pensamiento y de todo mal sentimiento
renunciando al odio, al ánimo de venganza, al resentimiento, a la envidia,
al egoísmo que hace del otro un objeto de pertenencia o que lo ignora y
desprecia. Debe ser el corazón purificado con el perdón que se da y con el
perdón que se pide a Dios por la ofensa cometida y a quienes hemos herido.
Debemos, como nos enseña la Santísima
Virgen, purificarnos acudiendo asiduamente al sacramento penitencial y de
reconciliación, es decir a la confesión sacramental porque allí nos
reconciliamos con Dios recibiendo su perdón y al mismo tiempo las gracias,
las fuerzas y la bendición para seguir en el camino de fe y de amor.
Nuestra Madre reclama nuestra
atención a sus mensajes para que tomemos muy seriamente sus llamados y
poder así seguirla. Por eso dice “los invito a seguirme y a escuchar mis
mensajes”. En realidad el orden es el inverso, puesto que lo primero que
debemos hacer es escucharla para después poder seguirla. Seguirla
significa poner en práctica lo que nos pide y que hemos escuchado con
atención y grabado en nuestros corazones, y luego ponerla a Ella como
modelo y como guía que conduce a Cristo, que lleva a Dios.
No hay dudas, la Santísima Virgen
nos está conduciendo por el camino que asciende a Dios, llevándonos a su
Hijo, enseñándonos a ser Iglesia, viviendo devota y comprometidamente la
fe, escuchando y meditando la Palabra, orando y adorando con el corazón,
acercándonos a los sacramentos con unción y con la confianza que en ellos
están los medios que el Señor dejó a su Iglesia para la salvación del
mundo.
María Reina de la Paz nos guía, pero
lo hace no a la distancia sino acompañándonos, estando siempre muy cerca.
Fijémonos cómo en este mensaje una vez más nos dice: “estoy con ustedes”.
Quiere decirnos estoy cerca de ustedes, no en el infinito celestial sino
que desciendo a la tierra, a la vida de cada uno para estarles muy cerca.
Lo hemos comprobado en todos estos años: si la Santísima Madre reitera sus
pedidos es porque no se ha puesto delante de nosotros para que la sigan
los que puedan, sino que va acompañando a cada uno, sobre todo al
rezagado, y se detiene para que puedan avanzar los que se han quedado en
el camino y los que acaban de llegar. Y lo hace así, repitiendo mensajes
ya dados, porque Ella es Madre y como Madre ve todo y sabe que no
cumplimos cabalmente sus pedidos y que no siempre nos empeñamos a fondo en
vivir los mensajes.
El que verdaderamente escucha a la
Madre de Dios y pone en práctica sus palabras edifica su vida sobre la
roca, que es Cristo, y queda al abrigo de las tempestades y de los ataques
a la vida que vienen del mundo (cf Mt 7:25).
El mensaje de hoy es también el de
ser portadores de paz y de amor hacia el mundo descreído, triste,
violento, oscuro. Para ser portadores de paz y de amor hay que primero
escuchar para aprender a seguir a María, Reina de la Paz.
No nos dice ser meros transmisores
sino portadores, esto es personas que viven aquello que llevan al mundo y
lo dan con alegría.
Porque Ella nos exhorta a ser
portadores alegres de la paz, aludiendo seguramente a la alegría de las
bienaventuranzas, cuando el Señor declara dichosos, felices,
verdaderamente alegres por ser bienaventurados, a aquellos que crean la
paz en su alrededor porque serán llamados hijos de Dios (cf Mt 5:9).
Ser llamados hijos de Dios, en el
sentido bíblico no es un simple apelativo sino que implica serlo
verdaderamente. En un sentido espiritual pero profundo, se es hijo de Dios
porque Dios se hizo hijo del hombre.
Si unimos a tal dignidad, la de ser
hijos de Dios, lo que nos fue revelado en Jesucristo, que Dios es amor (cf
1Jn 4:8), como hijos del Amor participaremos del amor y de la paz que
vienen de Dios y seremos sus portadores y propagadores, y los reflejaremos
en el mundo que es ciego y oscuro porque no conoce a Dios, porque lo niega
y huye de Él.
Este mundo niega a Dios y lo rechaza
en cada acto, en cada opción, en cada manifestación y en cada decisión
política.
Quien siembra divisiones, quien no
tiende puentes de entendimiento, quien no actúa con grandeza, quien no es
capaz de perdón y es animado por deseos de revancha, niega a Cristo, niega
a Dios, niega la paz y el amor.
Los hijos de Dios son los que nacen de
lo alto, del Espíritu, llevando consigo la impronta divina del amor y el
sello de la paz de Cristo en el corazón.
Qué gran alegría y qué consuelo
saber que el Señor y su Madre están tan cerca de nosotros, que Jesucristo,
Rey de la Paz, y su Madre, Reina de la Paz, nos bendicen. Ella con su
bendición maternal y real, Él con su bendición divina.
¡Muy feliz 27mo. aniversario a todos
con nuestra Madre del Cielo!
P. Justo Antonio Lofeudo mss
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Mensaje de 25 de julio de 2008
"¡Queridos hijos! También hoy con
gran alegría en mi corazón os invito a seguirme y a escuchar mis
mensajes. Sed portadores alegres de paz y de amor en este mundo sin paz.
Estoy con vosotros y os bendigo a todos con mi Hijo Jesús, el Rey de la
Paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada! "
Comentario
En este mensaje desbordante de
alegría, la Santísima Virgen expresa con palabras lo que para los videntes
ha sido una experiencia inmensamente más rica: la de poder percibir la
inefable dicha de la Madre que está con sus hijos a quienes tanto ama.
Nuestra Madre Santísima está feliz porque puede estar con nosotros de este
modo único. Para nosotros es la alegría con que festejamos 27 años de su
presencia ininterrumpida, y festejándolos damos gracias al Señor que nos
envía a su Madre. Todos debemos sentirnos felices de gozar de tanta gracia
en este tiempo de misericordia divina.
La Reina de la Paz nos invita –con
gran alegría en su corazón- a escuchar sus mensajes y a seguirla.
Escuchar el mensaje significa más que
simplemente leerlo u oírlo, porque escuchar supone poner atención a lo que
se lee u oye para luego conformar la vida a esa escucha.
A su pueblo Yahvé le da como primer
mandato el de escuchar cuando, por medio de Moisés, le dice: “Escucha,
Israel: el Señor es uno, uno solo es nuestro Dios”. Y luego agrega:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas. Los mandamientos que hoy te doy quedarán grabados en tu
corazón…” (Dt 6:4-6). Le manda Dios prestar mucha atención y, para no
olvidar su mandamiento, grabarlo en el corazón. Es decir que no le exige
una simple rememoración sino que le manda “recordar”, o sea repasar lo
acontecido que fue grabado en el corazón, para que cada mandamiento sea
parte de la vida misma de cada miembro del pueblo de Dios.
Así como Yahvé manda a Israel a amarlo
con todo su ser y a grabar los mandamientos en el corazón, así también
ahora para verdaderamente satisfacer el llamado de la Madre de Dios hay
que poner todo el corazón en lo que se escuche, haga y recuerde.
El corazón es lo más íntimo, secreto y
sagrado de cada uno y de allí debe partir cada oración, cada sacrificio,
cada ofrenda a Dios. Por eso, también el corazón debe ser purificado de
toda mala intención, de todo mal pensamiento y de todo mal sentimiento
renunciando al odio, al ánimo de venganza, al resentimiento, a la envidia,
al egoísmo que hace del otro un objeto de pertenencia o que lo ignora y
desprecia. Debe ser el corazón purificado con el perdón que se da y con el
perdón que se pide a Dios por la ofensa cometida y a quienes hemos herido.
Debemos, como nos enseña la Santísima
Virgen, purificarnos acudiendo asiduamente al sacramento penitencial y de
reconciliación, es decir a la confesión sacramental porque allí nos
reconciliamos con Dios recibiendo su perdón y al mismo tiempo las gracias,
las fuerzas y la bendición para seguir en el camino de fe y de amor.
Nuestra Madre reclama nuestra
atención a sus mensajes para que tomemos muy seriamente sus llamados y
poder así seguirla. Por eso dice “los invito a seguirme y a escuchar mis
mensajes”. En realidad el orden es el inverso, puesto que lo primero que
debemos hacer es escucharla para después poder seguirla. Seguirla
significa poner en práctica lo que nos pide y que hemos escuchado con
atención y grabado en nuestros corazones, y luego ponerla a Ella como
modelo y como guía que conduce a Cristo, que lleva a Dios.
No hay dudas, la Santísima Virgen
nos está conduciendo por el camino que asciende a Dios, llevándonos a su
Hijo, enseñándonos a ser Iglesia, viviendo devota y comprometidamente la
fe, escuchando y meditando la Palabra, orando y adorando con el corazón,
acercándonos a los sacramentos con unción y con la confianza que en ellos
están los medios que el Señor dejó a su Iglesia para la salvación del
mundo.
María Reina de la Paz nos guía, pero
lo hace no a la distancia sino acompañándonos, estando siempre muy cerca.
Fijémonos cómo en este mensaje una vez más nos dice: “estoy con ustedes”.
Quiere decirnos estoy cerca de ustedes, no en el infinito celestial sino
que desciendo a la tierra, a la vida de cada uno para estarles muy cerca.
Lo hemos comprobado en todos estos años: si la Santísima Madre reitera sus
pedidos es porque no se ha puesto delante de nosotros para que la sigan
los que puedan, sino que va acompañando a cada uno, sobre todo al
rezagado, y se detiene para que puedan avanzar los que se han quedado en
el camino y los que acaban de llegar. Y lo hace así, repitiendo mensajes
ya dados, porque Ella es Madre y como Madre ve todo y sabe que no
cumplimos cabalmente sus pedidos y que no siempre nos empeñamos a fondo en
vivir los mensajes.
El que verdaderamente escucha a la
Madre de Dios y pone en práctica sus palabras edifica su vida sobre la
roca, que es Cristo, y queda al abrigo de las tempestades y de los ataques
a la vida que vienen del mundo (cf Mt 7:25).
El mensaje de hoy es también el de
ser portadores de paz y de amor hacia el mundo descreído, triste,
violento, oscuro. Para ser portadores de paz y de amor hay que primero
escuchar para aprender a seguir a María, Reina de la Paz.
No nos dice ser meros transmisores
sino portadores, esto es personas que viven aquello que llevan al mundo y
lo dan con alegría.
Porque Ella nos exhorta a ser
portadores alegres de la paz, aludiendo seguramente a la alegría de las
bienaventuranzas, cuando el Señor declara dichosos, felices,
verdaderamente alegres por ser bienaventurados, a aquellos que crean la
paz en su alrededor porque serán llamados hijos de Dios (cf Mt 5:9).
Ser llamados hijos de Dios, en el
sentido bíblico no es un simple apelativo sino que implica serlo
verdaderamente. En un sentido espiritual pero profundo, se es hijo de Dios
porque Dios se hizo hijo del hombre.
Si unimos a tal dignidad, la de ser
hijos de Dios, lo que nos fue revelado en Jesucristo, que Dios es amor (cf
1Jn 4:8), como hijos del Amor participaremos del amor y de la paz que
vienen de Dios y seremos sus portadores y propagadores, y los reflejaremos
en el mundo que es ciego y oscuro porque no conoce a Dios, porque lo niega
y huye de Él.
Este mundo niega a Dios y lo rechaza
en cada acto, en cada opción, en cada manifestación y en cada decisión
política.
Quien siembra divisiones, quien no
tiende puentes de entendimiento, quien no actúa con grandeza, quien no es
capaz de perdón y es animado por deseos de revancha, niega a Cristo, niega
a Dios, niega la paz y el amor.
Los hijos de Dios son los que nacen de
lo alto, del Espíritu, llevando consigo la impronta divina del amor y el
sello de la paz de Cristo en el corazón.
Qué gran alegría y qué consuelo
saber que el Señor y su Madre están tan cerca de nosotros, que Jesucristo,
Rey de la Paz, y su Madre, Reina de la Paz, nos bendicen. Ella con su
bendición maternal y real, Él con su bendición divina.
¡Muy feliz 27mo. aniversario a todos
con nuestra Madre del Cielo!
P. Justo Antonio Lofeudo mss
www.mensajerosdelareinadelapaz.org
Mensaje de 25 de agosto de 2008
"¡Queridos hijos! También hoy os invito a la conversión personal.
Sed vosotros quienes os convirtáis y con vuestra vida testimoniéis, améis,
perdonéis y llevéis la alegría del Resucitado a este mundo en que mi Hijo
murió y en que la gente no siente la necesidad de buscarlo ni descubrirlo
en su vida. Adoradlo y que vuestra esperanza sea la esperanza de aquellos
corazones que no tienen a Jesús. ¡Gracias por haber respondido a mi
llamada!"
Comentario
La Virgen nos llama a vivir nuestra conversión personal. La vivencia
profunda de esa conversión nos orienta a ser testimonios del Resucitado.
Amar, perdonar, vivir con la alegría del resucitado… porqué Dios es el
amor que se nos da. Ese don lo convierte todo en Gracia. Cuándo amamos
Dios se hace presente en nosotros. Dios es “intimor intimo meo” (más
íntimo a mi de lo que tengo de más íntimo- dice san Agustín). Desde esa
intimidad nos llama Dios al amor. El amor no consiste simplemente en un
sentimiento como parece proclamar nuestra sociedad. El amor es una virtud
a través de la cual Dios se da al corazón del hombre para que éste pueda
amarle a Él y a su prójimo. Así el gran mandamiento del amor consiste en
poner todo el corazón en Cristo para que Éste ame desde nuestra pequeñez.
El que ama perdona siempre, el que ama verdaderamente obtiene la alegría
del resucitado en su vida. No es una alegría humana, es la alegría que
viene del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien, renovándonos
interiormente, nos comunica la paz del resucitado. Tenemos que acoger con
alegría ese regalo del Señor, ¡Él nos convierte!
¡Seamos verdaderos testimonios del amor de Dios! En el mensaje
vemos como ese testimonio la Virgen lo quiere de forma práctica. Dice la
Carta de Santiago: “si no se demuestra con obras, la fe sola está muerta”
(2, 17b). Preguntémonos cuantas horas de oración hacemos al día, cuantos
rosarios, cómo vivimos nuestra eucaristía. Preguntémonos de que manera
amamos a los hermanos, a cuantos pobres socorremos, en cuantas entidades
católicas de servicio a los ancianos, a los enfermos y marginados
colaboramos. Preguntémonos si ayudamos a la Iglesia a difundir la alegría
del Evangelio, a espiritualizar nuestro mundo. Nuestra vida tendría que
ser toda ella oración. Donde no hay Dios sólo hay pecado, sólo si estamos
en Cristo podemos vencer, mejor dicho, Él vence en nosotros. Por eso
nuestras obras es Cristo quien debe hacerlas en nosotros.
Pero la Virgen también nos recuerda lo que sabemos del prólogo del
Evangelio según San Juan: (la luz) “estaba presente en el mundo que por él
ha venido a la existencia, y el mundo no la ha reconocido. Ha venido a su
casa y los suyos no lo han acogido” (1, 10-11). Cuando no nos abrimos a la
fuerza de Dios, cuando pecamos rechazamos a la luz. Cuando nos cerramos a
su Palabra, tenemos miedo a proclamarlo vivo, apagamos su luz. Por eso la
Virgen nos llama a la conversión, a la adoración, a vivir la esperanza en
nombre de los que no lo hacen. Hemos de sentir la necesidad de buscarlo.
Debemos descubrirlo vivo en nuestra vida. Sin Dios no tenemos vida.
Pongamos todo lo que somos en manos de nuestro salvador, sin miedo, con
confianza.
Pidamos de corazón a la Virgen María que su Hijo nos convierta.
Tenemos que abandonarnos confiadamente a Cristo, Él lo hará todo en
nosotros.
Padre Ferran J. Carbonel
Mensaje de 25 de septiembre de 2008¡Queridos
hijos! Que vuestra vida sea nuevamente una decisión por la paz. Sed
portadores alegres de la paz y no olvidéis que vivís en un tiempo de
gracia, en el que Dios, a través de mi presencia, os concede grandes
gracias. No os cerréis hijitos, más bien aprovechad este tiempo y buscad
el don de la paz y del amor para vuestra vida, a fin de que os convirtáis
en testigos para los demás. Os bendigo con mi bendición maternal. ¡Gracias
por haber respondido a mi llamada!"
Comentario:
La paz, la alegría de la paz, eso desea la Gospa para nuestras vidas. Todo
el mensaje de Medjugorje nos habla de paz. Una paz que debe iniciarse en
nuestros corazones, en nuestro interior. La paz social sólo puede ser
consecuencia de la que brota de nuestra alma.
A menudo oímos hablar a nuestro mundo de deseo de paz. Los medios de
comunicación, los políticos… todos nos quieren enseñar lo que es la paz.
Desgraciadamente el concepto que manejan es superficial, vacío. La
verdadera paz es fruto de la gracia y, en definitiva, una presencia de
Dios. Si el hombre se aleja del Dios vivo, si olvidamos su presencia real
en el mundo, la paz se hace imposible. No es extraño, pues, que nuestra
Madre insista en que no nos cerremos a la gracia y al amor.
San Agustín insistía magistralmente diciendo que “pax omnium rerum,
tranquilitas ordinis” (la paz de todas las cosas se encuentra en la
tranquilidad del orden, de civ. Dei XIX, 13). El orden consiste
en ordenar la vida desde Dios y en relación a Él. Por eso la paz no es
simplemente la ausencia de guerra, por la paz hay que luchar. Los santos
dan su vida por vivir en esa paz que, en definitiva, es Dios mismo. Y la
vida de los santos es siempre una historia de lucha por permanecer en el
amor y la paz de Cristo. Por eso no podemos separar la paz del amor, el
amor es Dios, la paz sólo puede surgir donde sobreabunda el Amor. El orden
de vivir según el plan de Dios tiene grandes frutos y uno de los más
grandes es la paz. Naturalmente, conseguir esto es un don de Dios al que
debemos estar abiertos y para el que debemos prepararnos. La oración, la
Eucaristía, el ayuno, la confesión y la lectura frecuente de la Biblia nos
preparan para acoger ese don. ¡Ahora es el tiempo de la gracia! No podemos
postergar más nuestra conversión. El gran don de la presencia de la Virgen
María nos lo exige: abramos nuestros corazones a su presencia y sus
regalos. ¿Cómo ordenamos nuestras vidas? ¿Qué es lo más importante para mi
existencia?
El mensaje finaliza con una llamada al testimonio, a la misión. “Id, pues,
y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñadles a guardar todo lo que os
he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo” (Mt. 28, 19-20). Testimonio se es de palabra y, sobre todo,
con la vida. Como dice san Pablo a los cristinos de Filipo, “llevad una
vida digna del Evangelio de Cristo” (20, 27 a). ¡Cuantas veces se nos
llena la boca de palabras que no vivimos! Cristo se queda con nosotros
para siempre, para la eternidad, para este momento concreto de nuestra
vida: en la enfermedad, en la niñez, en la vejez, en la adolescencia, en
la madurez, en los problemas, en los problemas familiares, en el hambre,
en nuestras crisis, en el discernimiento vocacional, en la alegría…
¡Pidamos a la Virgen que nos ayude a vivir el evangelio y la paz inundará
nuestros corazones! Ella, la llena de Gracia, nos quiere dar todo aquello
de lo que rebosa su corazón.
Padre Ferran J. Carbonell
Mensaje de 25 de octubre de 2008
¡Queridos hijos! De manera especial os llamo a todos vosotros para
que oréis por mis intenciones a fin de que por medio de vuestras oraciones
se detenga el plan de Satanás sobre esta Tierra -que cada día está más
lejos de Dios- y en lugar de Dios se pone a sí mismo y destruye todo lo
que es hermoso y bueno en el alma de cada uno de vosotros. Por eso
hijitos, armaros con la oración y el ayuno para que seáis conscientes de
cuánto Dios os ama y podáis hacer la voluntad de Dios. ¡Gracias por haber
respondido a mi llamada!
Comentario:
La Virgen María nos llama a la oración. Oración contra la proliferación
del mal que se produce, de manera especial, en nuestro tiempo. No podemos
andar en la tibieza. La oración “es el encuentro de la sed de Dios y de la
sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él” (CEC.
2560). El problema es que muchas veces nos falta esa sed por el amor de
Dios. Ponemos nuestros corazones en cosas vanas y superficiales. Y así
destruimos en nosotros la sed de Dios y la sustituimos por otras cosas que
nos alejan de Nuestro Salvador. “Dos amores han dado origen a dos
ciudades: el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; el
amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría
en sí misma, la segunda se gloría en el Señor” (de Civ. Dei XIV, 28)- nos
dirá San Agustín. ¿En dónde nos encontramos nosotros? ¿Cuál es nuestra
ciudad? La primera es la de satanás, la del orgullo, la del egoísmo; la
segunda es la del amor a Dios, la del encuentro con la Vida. La Gospa nos
pide que optemos, mediante la oración y el ayuno por la segunda, ¿qué
vamos a responderle?
Nuestro mundo pide que nos pongamos a nosotros como centro de todo, que
despreciemos la vida regalo de Dios. El mundo nos pide que no tengamos
principios y que si los tenemos sean el éxito, el orgullo, el egoísmo, la
riqueza o el placer. Nuestro mundo nos pide que matemos a los no nacidos,
que aniquilemos la vida de los más débiles: de los ancianos, de los no
iguales. Nuestra sociedad esconde la enfermedad, la muerte y hasta a los
más pobres para anestesiar nuestra consciencia. La Sociedad del Bienestar
no puede soportar ver que hay muchísimas cosas fuera de su control y las
esconde, nos engaña. La voluntad de Dios es otra bien distinta: el Amor a
Dios y el amor al prójimo. Amor que se concreta en una defensa radical de
la vida, en un anteponer los intereses del amor (por tanto de Dios) a los
nuestros propios, en ver nuestra vida desde los ojos del Altísimo, en
alegrarnos en hacer su voluntad. Un corazón orgulloso no puede encontrarse
jamás con Dios. Por eso nuestro mundo se aleja de Dios: porqué pone su
corazón en sí mismo, se fabrica ídolos.
Hemos de vivir según la voluntad de Dios y amando como Él ama. “Porque Él
amó a los que le odiaban y continúa amándolos: pues hace salir el sol
sobre buenos y malos, y llueve sobre justos e injustos (Mt. 5, 45). Ama,
pues tú al que te ama; porque te ama sí” – dice San Juan Crisóstomo en una
de sus Homilías a la Carta a los Romanos). Es lo mismo que leemos en la
Carta a los Efesios: “sed buenos y comprensivos, perdonándoos unos a otros
como Dios os perdonó en Cristo” (4, 32). La oración y el ayuno nos ayudan
a ser conscientes del gran amor que Dios nos tiene. Un amor que no cesa de
derramarse en nuestros corazones pero al que nos cerramos con nuestro
pecado e infidelidad. No podemos permitir que se destruya la obra de Dios
en nosotros. ¡No podemos cerrar nuestros corazones a Cristo! El corazón de
la Virgen María clama desde su interior, nos pide la conversión real a su
Hijo amado. Ella quiere que seamos cristianos adultos, conscientes que
nuestra misión en el mundo es transformarlo, es buscar a Dios con todas
nuestras fuerzas, es el Amor. Vivir de Cristo para darlo a la humanidad.
Pidamos a la Virgen que nos obtenga el don de la oración y del ayuno, que
su Hijo Santísimo nos de su Santo Espíritu que nos enseñe a rezar y a
Amar.
P. Ferran J. Carbonell
Mensaje de
25 de noviembre de 2008
¡Queridos hijos! Hoy también los
invito, en este tiempo de gracia, a orar para que el pequeño Jesús nazca
en el corazón de ustedes. Que Él, que es la misma paz, a través de ustedes
done la paz a todo el mundo. Por ello, hijitos, oren incesantemente por
este mundo turbulento sin esperanza, para que ustedes se conviertan en
testigos de paz para todos. Que la esperanza comience a fluir en sus
corazones como un río de gracia. ¡Gracias por haber respondido a mi
llamado!
Mensaje del 25 de Diciembre
¡Queridos
hijos! Vosotros corréis, trabajáis y acumuláis, pero sin bendición.
¡Vosotros no oráis! Hoy os invito a deteneros ante el Pesebre y
meditéis sobre Jesús, a quien también hoy os doy, para que Él os
bendiga y os ayude a comprender que sin Él no tenéis futuro. Por
eso, hijitos, poned vuestras vidas en las manos de Jesús para que Él
os guíe y proteja de todo mal. ¡Gracias por haber respondido a mi
llamada!
(Agradecemos a
http://www.virgendemedjugorje.org )
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