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María Madre de la Iglesia |
| Revelación privada a José Luís Belmonte |
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22 de septiembre de 2008 Dice Santa María: Amados hijos, os vengo a decir que el tiempo va transcurriendo, y veo en algunos de vosotros una indiferencia muy grande, y en vuestros corazones un inmenso egoísmo. No os importa lo que sucede a vuestro alrededor, el dolor y las tristezas. Viven solamente para vosotros sin importarles los sufrimientos por los que padecen muchos de vuestros hermanos, de las guerras que hay en varios continentes, de la falta de amor que está atacando a cada uno de vuestros corazones. Os alejáis cada día mas y mas, sin importarles nada, os vais rumbo a una oscuridad sin darse cuenta lo que esto llevara a vuestra alma: al sufrimiento y a la eternidad del dolor y el arrepentimiento. En todo momento os pido y hasta os suplico que mediten, que se aparten del sendero del dolor, que se marchen del lugar donde las fuerzas del mal los conducen con mentiras y con presencias en vuestro mundo de falsos profetas que os prometen el cielo y los conducen a la eterna oscuridad, con un final de llanto por no poder sentir en vuestras almas el amor y la luz misericordiosa de mi amado Señor. No sé amados pequeños como hacer para que entiendan mis palabras. No sé cómo puedo llegar al corazón de muchos de vosotros para hacerles entender que deben entregarse en los brazos de mi amado Hijo, de pedir perdón por todos los pecados, de volver a vivir la vida con un alma limpia y cristalina. No puedo verlos entregarse más en las manos de las fuerzas del mal. No puedo sufrir más porque no comprenden amados hijos el sendero que deberían seguir y muchos de vosotros lo han despreciado, y en el renuncian a mi amado Hijo y en él a mi amado Señor y al Espíritu Santo. ¿Cuando comprenderéis que los tiempos se acortan? ¿que si vosotros no cambiais y comienzais por el primer paso que deberíais hacer que es una verdadera confesión, para recibir el Cuerpo y la Sangre de mi Hijo, y volver a vivir en total libertad por el sendero del amor, de la misericordia, de la justicia y de la paz, jamáis podrán gozar un día del Reino de los Cielos? ... del canto de los coros celestiales, de ser libres junto al amor del Padre ... Vosotros pensáis que no os miramos, que no vemos lo que hacéis, y llevados por la inmensa codicia, por obtener lujos y placeres, han elegido el sendero fácil. Aquel que les brinda todo, pero a su vez termina encadenando vuestras almas por toda la eternidad. ¿Hasta cuando amados pequeños haréis sufrir mi corazón de Madre? ¿Hasta cuando no entenderéis lo que os digo a través de mis mensajes y mi presencia en los distintos continentes? No quieren ver ni desean ver lo que está al alcance de vuestras vistas. Porque sabéis que os decimos la verdad. Porque sabéis que han equivocado el sendero ... ¿Hasta cuando mis mensajes no serán leídos para que ustedes pequeños de mi corazón puedan comprender y dejar de una buena vez el sendero que consumirá sus almas en el dolor del eterno fuego? Yo os entregare todo junto a mi Hijo que espera que acudáis a su encuentro. Si vosotros cambiáis, si vosotros volveis a los brazos de Cristo Jesús, si vosotros amados pequeños renunciais a las fuerzas del mal y hay grandes conversiones en vuestros corazones ... Y os pido desde mi corazón de Madre de todos vosotros y de la Iglesia que vuelvan. Que vuelvan a mi morada, que hagáis una vida sin pecado buscando lo que vuestro Padre espera de cada uno de sus hijos: una vida santa para poder ingresar en el Reino de los Cielos. Hijos, vuelvan a mi Iglesia, vuelvan junto a vuestros Pastores, y defiendan no solo a la Iglesia de las fuerzas del mal, si no también vuestras propias almas de ser condenadas al fuego eterno y al dolor y la soledad. Yo os amo y quiero entregarles y depositar en las manos de cada uno de vosotros, la llama eterna de mi corazón. En ella está y estará eternamente todo mi amor, para que podáis vivir en eterna comunión y unión con Cristo Jesús. Os amo. Hijos os amo, no hagáis sufrir más a vuestra Madre. Amén. Amén. Amén. Santa María Madre de la Iglesia. 22/09/2008 08:20 horas.
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«En cuanto a las revelaciones privadas, es mejor creer que no creer en ellas; porque si crees y resultan ser verdaderas, te sentirás feliz de que creíste, porque Nuestra Santa Madre lo pidió. Y si resultan ser falsas, tú recibes todas las bendiciones como si fueran verdaderas, porque creíste que eran verdad.»
(Papa Urbano VIII, 1636 )