María Madre de la Iglesia
Revelación privada a José Luís Belmonte

 

24 de agosto de 2008

 Dice Santa María:

Hijo, que el mundo comience a caminar rumbo al gran encuentro, rumbo a la oración, el amor y la paz. Que se unan las manos de todos mis hijos y sus almas a través del fuego eterno de mi amor. Que las voces se unan en el Santo rosario, y que la fe sea la luz que ilumine cada uno de los pasos que deberán de dar, rumbo al encuentro con la Palabra, con la Eucaristía, con Jesús Sacramentado. Que mi amada Iglesia, se encuentre desbordada por mis hijos entre cantos y alabanzas, para comenzar una nueva vida, una nueva evangelización en el mas profundo amor entre hermanos, unidos a mis Pastores  para desterrar a las fuerzas del mal de vuestros continentes. Y comiencen a vivir en armonía, en paz, misericordia y justicia. Que vuestros corazones sean fuentes de luz para que nunca mas nadie se pierda en la inmensa oscuridad, los tiempos ya han quedado atras y a partir de ahora ha comenzado un nuevo tiempo, una nueva civilización basada en las Sagradas Escrituras, acompañados por mis Pastores, y viviendo en eterna comunión con Cristo Jesús. Hijos, El los esta esperando con sus brazos extendidos, con su luz misericordiosa, para marcar el sendero que debéis seguir, para que a partir de este instante sean libres totalmente, y sus almas estén limpias de todo pecado para recibir el Cuerpo y la Sangre de mi Hijo en cada celebración. Para que El viva dentro de sus cuerpos y seáis luz y esperanza para un nuevo mundo.

 

Dice Jesús:

Recordad hermanos míos, hoy quiero vivir en cada uno de vosotros, quiero estar en sus cuerpos y guiarlos rumbo a mi amado Padre. Quiero que escuchéis la voz de mi amada Madre guiándolos a una nueva vida, a un nuevo mundo. Yo os espero, Yo os recibiré y los guiare para que junto a mi Madre, a los Ángeles y Arcángeles, vivan en total libertad y amor. Necesito hermanos de cada uno de vosotros, para que vuestro mundo vuelva a ser el paraíso que mi amado Padre os entrego, para que la tierra donde vosotros habitáis se convierta en canto a través del trinar de mis aves, el viento y el mar, las montañas y las sierras se levanten majestuosas frente a vuestros ojos y veáis en todo y en las cosas mas pequeñas la presencia de vuestro amado creador, mi  Padre tan amado. Yo os convoco desde el Altar a recibirme. Quiero habitar en vuestros cuerpos, quiero sentir vuestro amor, escuchar desde sus corazones la unidad y avanzar rumbo a la luz,  juntos hermanos míos, junto a mi Madre y Madre de la Iglesia, junto a los Ángeles y Arcángeles, a un mundo nuevo donde el odio, el rencor, la mentira, la injusticia, las guerras, no existirán y viviréis en la paz eterna del amor.

 

Dice Santa María:

Amados hijos, yo vuestra Madre unida a mi amado Hijo Jesús, queremos que vuelvan. Y os pido que se consagren a su Corazón. Vivan en libertad, sin ataduras. Amen a sus hermanos y sean libres criaturas de la creación como mi Señor os creo. Recen pequeños míos, el Santo Rosario. Confiesen vuestros pecados. Comulguen y venid a mi Iglesia a estar unidos y fundidos en la llama eterna de mi corazón. Os amo, hijos.

Hijo proclama este mensaje, mis palabras y las de mi Hijo en todos los continentes y diles que os pido que se unan en una sola nación, la de Cristo Jesús mi amado Señor. Os amo pequeños míos y os entrego en este día mi llama eterna del amor. Amen. 

SANTA MARÍA MADRE DE LA IGLESIA. 

24/08/2008                                                               10:57 Hora.


Para adherirse al Rosario mundial del 8 de diciembre a las 19 horas y comprometerse a orar el Santo Rosario y por las intenciones pedidas por Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen ,

entre aquí.
 

Home   :   Principal  :  Índice de Mensajes

 

«En cuanto a las revelaciones privadas, es mejor creer que no creer en ellas; porque si crees y resultan ser verdaderas, te sentirás feliz de que creíste, porque Nuestra Santa Madre lo pidió. Y si resultan ser falsas, tú recibes todas las bendiciones como si fueran verdaderas, porque creíste que eran verdad.»

(Papa Urbano VIII, 1636 )