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María Madre de la Iglesia |
| Revelación privada a José Luís Belmonte |
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30 de junio de 2008 Dice Santa María : Hijo, hoy os pido que nos os detengáis jamás de caminar llevando la palabra. Que tienen que unir a todos vuestros hermanos a través del amor más puro, que parte del Corazón de vuestro amado Padre y en El se encuentra el Hijo y el Espíritu Santo, unidos en la misericordia, la paz y la justicia, para todos vosotros. Yo se que deben cruzar con vuestros hermanos grandes tempestades y que muchas veces la inmensa fatiga os detiene. Entonces hijos deténganse en un rincón del valle, de los montes, de las sierras y oren hijos, y verán que las fuerzas regresarán aunque os digo que jamás los abandona. Yo los he de acompañar. Estaré junto a mi amado Hijo en su largo peregrinar. Tienen que evangelizar recorriendo cada rincón de vuestro mundo. Ttienen que unirse para vivir en paz y armonía. Tienen que sentir que en vuestro corazón la llama de mi amor y la luz infinita de la misericordia de Cristo Jesús. Tienen que hacer volver al gran rebaño aquellos pequeños perdidos entre tinieblas y dolor. Hijos únanse en la oración. Unanse para rescatar de las garras de Lucifer a todos mis hijos que tiene encadenadas sus almas y los va llevando al mundo de la oscuridad. Lleguen hasta al lado de cada uno de ellos con la palabras del libro Sagrado, con el amor, con la misericordia y la justicia. No busquen ni pregunten, amados míos, su credo o religión que ellos profesan, porque son vuestros hermanos, porque son los hijos de mi corazón, porque estoy sufriendo y llorando por el dolor que siento al verlos tan alejados de mi Iglesia. Háblales de vuestra Madre. Diles del amor que siente mi corazón por cada uno de ellos. Pídeles que vengan a mi morada, que quiero abrasarlos y taparlos con mi manto de amor para protegerlos del malvado, salvando las almas de cada uno de ellos. Hijos os vuelvo a repetir con la sencillez de mis palabras, evangelicen, y sean misioneros del amor de Cristo Jesús. Sean también apóstoles de la palabra y soldados en defensa de mi amada Iglesia. Vosotros sois parte de mi corazón. Son y serán siempre mis pequeños, aquellos que, como madre, siempre he de estar a vuestro lado, cuidándolos y protegiéndolos. Pero solos les pido que se unan, que caminen por el sendero de la luz, que se unan a mi Hijo a través de vuestros Pastores, a traves de quien lleva los designios de mi Iglesia. Quien está sentado en el trono de Pedro. Unanse, y sean obedientes, y déjense guiar por sus palabras, por su amor, porque en él está mi amado Hijo abrasando a todas sus hermanos del mundo. Hijos vuelvan a la oración al Santo Rosario, y pidan siempre por la paz, y la justicia en todos los continentes, por las almas que sufren en el purgatorio, y por todos aquellos hermanos que padecen y sufren enfermedades del cuerpo y de la mente. Pidan por los que están privados de su libertad, para que encuentren en Cristo Jesús el camino de la salvación y el eterno amor. Hijo os pido que recen por mi Iglesia para que se levante triunfante y gloriosa, y sea la luz de todos los continentes, y todos mis hijos encuentren el refugio en ella junto a mi amado Señor, a mi Hijo y a vuestra Madre, que vuelvan los rebaños junto al gran Pastor y que la paz reine en los corazones de todos mis hijos junto a la luz misericordiosa de Cristo Jesús. Amen. SANTA MARÍA MADRE DE LA IGLESIA. 30/06/2008 07:45 HORAS. Dice Santa María : Hijo, el cielo llorará durante días y noches. El silencio y la oscuridad cubrirá toda vuestra tierra. El silencio será total. Se callara el canto de las aves, el sonido del viento cesara, el canto de las olas sobre la costas no se ha de escuchar,. Solo silencio noche y lluvia. Y la oscuridad, el dolor de ver perderse entre inmensas nieblas las almas de mis amados hijos. El silencio es el llanto de mi Inmaculado Corazón derramado sobre toda la tierra el amor que os quiero entregar amados hijos, como gotas de lluvias que caen sobre vosotros, pidiendo que vuelvan a mí, que retornen a mis brazos, que vivan en la paz y el amor, llenos de luz y misericordia, de aquellos hijos amados que se convirtieron en verdaderos seguidores de Cristo Jesús. Solo silencio y desiertos habrá sobre vosotros, y en otra parte del mundo lagrimas y dolor. Sí hijos, el cielo llorara, y el día será una inmensa noche, para que cada uno de vosotros reflexionen y puedan hallar en vuestro corazón el amor que mi amado Señor os entrego al nacer. La luz misericordiosa, la humildad, la comprensión. Y entonces yo sé amados hijos que han de volver al gran rebaño, y la noche se convertirá en día y el canto de las aves os hará despertar junto al murmullo del viento y el cantar de las olas golpeando vuestras costas. Es ahí que todos unidos volverán al gran rebaño, junto al gran Pastor, al Maestro para que en lo más alto de la montaña, os dirá bajo la luz divina de su amor, "hijos, vengan a mi ... vuelvan a mi Inmaculado Corazón ... ámense uno a los otros como los amo yo ... vivan en eterna comunión ... y amen hijos al mundo que mi amado Padre os dejo. Cuiden de el, de sus bosques, de sus ríos, sus montañas, sus valle, y el inmenso mar, cuidan de las aves y de toda animal que habita vuestra tierra, porque mi amado Señor les entrego un paraíso para que vosotros vivieran en armonía y paz ... y os pido simplemente, con la sencillez y humildad... miren amados hijos lo que han hecho, miren lo que cometen minuto a minuto ... " Y entonces verán amados pequeños inmensos desiertos, y lluvia, silencio y dolor. Mediten hijos míos mis palabras, porque en ellas han de encontrar lo que os quiero decir, lo que falta en vuestro corazón. Hijos vuelvan a mis brazos vuelvan a mi amor, conságrense a Cristo Jesús, y vivan en un mundo de amor, de paz y armonía en vuestro corazón. Os amo hijos míos, os dejo mi llama eterna del amor. SANTA MARÍA MADRE DE LA IGLESIA. 30/06/2008 14:10 Horas. |
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«En cuanto a las revelaciones privadas, es mejor creer que no creer en ellas; porque si crees y resultan ser verdaderas, te sentirás feliz de que creíste, porque Nuestra Santa Madre lo pidió. Y si resultan ser falsas, tú recibes todas las bendiciones como si fueran verdaderas, porque creíste que eran verdad.»
(Papa Urbano VIII, 1636 )