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María Madre de la Iglesia |
| Revelación privada a José Luís Belmonte |
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15 de junio de 2008 Dice Jesús : Hijos, soy la Verdad y la Vida, el Amor , la Misericordia y la Paz. Soy el Hijo del Padre. Soy el salvador del mundo. Soy el Pan y la Sangre que se consagra en el altar, y donde se une en mi cuerpo para poder ingresar, al alma de cada uno de los que llegan hasta mi Mesa en busca de paz, armonía y amor. Soy hombre y a su vez niño, que os cuida y os observa. Aquel que quiere habitar adentro de vuestras almas. Soy Pastor entre mis Pastores, aquel que guía a los inmensos rebaños. Soy Maestro entre mis discípulos y también vuestro Hermano. Yo soy el Hijo del Padre, y el Padre y Espíritu Santo, en la eterna unidad del amor, la misericordia, la justicia y la paz para vuestros corazones. Soy quien a través del Espíritu Santo desciendo hasta vosotros para liberar, amados hijos, vuestras almas de toda impureza, de todo pecado. Para que vivan en eterna comunión y amor eterno entre todos vosotros mis hijos amados. Para que la paz habite en cada corazón y sea la llama eterna del amor, de la humildad, de la verdad y la unidad de todos los pueblos y Naciones. Soy el Hijo de María Madre, Madre eterna de mi Iglesia, soy aquel que quiere y desea habitar en cada cuerpo, llevando la luz eterna a vuestras vidas, guiándolos a cada uno a través de las palabras, a la Iglesia de los cielos, pura y gloriosa y santa, donde conmigo, amados míos, vivirán en la eternidad del tiempo. Comenzando a transitar por el sendero de la luz que ha de marcar la pureza que ha de brillar como estrellas en el inmenso firmamento. Hijos venid a mi mesa, el banquete esta servido. Quiero ingresar en vuestras almas para iluminar el mundo y llevar en vuestras manos la eterna esperanza. Amen. 15/06/2008 17:41 Horas. |
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«En cuanto a las revelaciones privadas, es mejor creer que no creer en ellas; porque si crees y resultan ser verdaderas, te sentirás feliz de que creíste, porque Nuestra Santa Madre lo pidió. Y si resultan ser falsas, tú recibes todas las bendiciones como si fueran verdaderas, porque creíste que eran verdad.»
(Papa Urbano VIII, 1636 )