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María Madre de la Iglesia |
| Revelación privada a José Luís Belmonte |
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1 de febrero de 1980 Dice Jesús : A partir de este instante, querido hermano, quiero que escuches cada palabra, que sientas en vuestro corazón el llamado a la conversión, al amor, a la misericordia, a la justicia y a la paz que anida en vuestra alma y vuestro corazón. Hermano sigue cada palabra que parta de los labios de mi amada Madre, escucha sus pedidos y sed un soldado de ella, para llevar por todo el mundo los mensajes, para que los corazones de todos mis hermanos sientan la inmensa luz del amor del Padre y el fuego de amor del Inmaculado Corazón de María mi Madre y vuestra Madre. Seguid sus pedidos. Escucha bien lo que os irá diciendo. Abrázala y recuesta tu cabeza sobre su corazón. Ella necesita de vos y de cada uno de sus pequeños porque han de venir tiempos muy difíciles y terribles sobre todos los continentes si no se unen en eterna oración. Abran hermanos míos vuestros corazones y comiencen a transitar por el sendero que os dejé marcado, rumbo a la luz divina de mi Padre y han de hallar el mas puro e infinito amor, y vivirán la vida eterna junto a los Santos, Arcángeles y Ángeles en el reino eterno de mi Padre. Hijo sigue cada palabra que mi amada Madre os dirá, cumple cada pedido, abre al mundo vuestro corazón, y lleva vuestra cruz en alto. Ámala y bésala hermano mío, como yo lo he hecho para la salvación de vuestros pecados. Vive por cada uno de vuestros hermanos y en eterna comunión con la Iglesia, protégelos de todo mal y nunca os separéis de mi amada Madre. Os dejo en vuestras manos la luz que a de marcar el sendero de todos los hermanos que se encuentran perdidos entre las inmensas tinieblas. Hermano os guiare y caminaremos juntos rumbo a la la luz misericordiosa de mi amado Padre. Amén. 01/02/1980 04:05 Horas. |
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«En cuanto a las revelaciones privadas, es mejor creer que no creer en ellas; porque si crees y resultan ser verdaderas, te sentirás feliz de que creíste, porque Nuestra Santa Madre lo pidió. Y si resultan ser falsas, tú recibes todas las bendiciones como si fueran verdaderas, porque creíste que eran verdad.»
(Papa Urbano VIII, 1636 )